«La mano invisible» o cuando el trabajo envilece

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"La mano invisible" es una cinta cooperativa y autogestionada que se ha financiado con aportaciones de decenas de colaboradores y mecenas.
«La mano invisible» es una cinta cooperativa y autogestionada que se ha financiado con aportaciones de decenas de colaboradores y mecenas.

EFE.- A las puertas de la celebración del Día de los Trabajadores, llega a los cines «La mano invisible», adaptación de la novela de Isaac Rosa que propone una reflexión sobre las consecuencias de la precarización laboral y que invita a recuperar el sentimiento de «clase obrera».

 

«Desde el individualismo, todas las batallas están perdidas, pero si aunamos fuerzas y nos reivindicamos, la empresa al menos tendrá que negociar», ha señalado a Efe David Macián, director del filme que ha pasado ya por festivales como el de cine europeo de Sevilla y el de cine y derechos Humanos de San Sebastián.

Partiendo de la presunción, asumida desde niños, de que el trabajo es un medio para la realización personal y el desarrollo colectivo, la película plantea cómo en muchos casos acaba sucediendo lo contrario, que saca «lo peor» de cada uno.

La puesta en escena aporta desde el primer minuto una sensación de «extrañamiento casi kafkiana» que ayuda a reflexionar sobre el sentido del trabajo. En una nave de un polígono industrial once trabajadores desarrollan sus tareas frente a un público. Han sido contratados para ello.

Un albañil construye una pared para más tarde derribarla y volver a empezar; una chica coloca piezas en una cadena de montaje sin saber para qué sirven; un carnicero despieza animales en descomposición; una teleoperadora realiza encuestas sobre la consideración del trabajo.

«Apenas has aprendido a hablar te preguntan qué quieres ser de mayor y luego vas viendo el ejemplo de tus adultos, que trabajan de lunes a viernes, ocho horas mínimo durante muchos años. Eso hace que nos cueste creer que existen alternativas, pero existen, te puedes salir del sistema capitalista», considera Macián.

La necesidad de hacer esta película parte de la experiencia propia de encadenar «trabajos de mierda».

«Me sentía peor persona haciendo esos trabajos que yo consideraba alimenticios, pensaba que el fin justificaba los medios, lo hacía para poder ahorrar y hacer mis cortos, aunque ahora ya no lo veo así», señala el director.

En el libro de Rosa, más de 400 páginas escritas sin puntos y aparte y muy prolijo en las descripciones de cada uno de los trabajos, cada capítulo se narra desde el punto de vista de uno de los trabajadores.

La película adopta un punto de vista coral -con los actores Edu Ferrés, Elisabet Gelabert, Bárbara Santa-Cruz, Josean Bengoetxea, Esther Ortega, Bruto Pomeroy, Marta Larralde, Daniel Pérez Prada, José Luis Torrijo y Marina Salas- y modifica el final.

Funciona como un doble espejo para el espectador. Los trabajadores representan distintos tipos de perfiles y escenifican cómo se generan los conflictos laborales, mientras que el público, a veces aplaude, otras abuchea, o incluso lanza objetos al escenario.

«Por un lado se juega con la idea de los ‘realities’ tan de moda, es más fácil juzgar las vidas ajenas que pensar en la propia», explica Macián sobre el papel del público.

«Y luego está la idea de la falta de empatía entre trabajadores, por ejemplo cuando hay una huelga y lejos de tratar de comprender solo pensamos en los perjuicios que nos genera», añade.

 

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