Vivienda primero”: Domicilios autónomos para acabar con el sinhogarismo

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Madrid, 9 oct (EFE).- A Carmen se le enturbia la mirada al recordar las “muchas fatiguitas” que pasó durante más de tres décadas de vida en la calle, pero recupera la sonrisa al hablar del piso que hace cuatro años le facilitó el programa “Vivienda Primero”, en el que se siente “la mujer mas feliz del mundo” y vive “sin miedo”.

 

A sus 50 años, esta mujer ha conseguido tener un domicilio fijo en Peñagrande -un barrio madrileño que mezcla casas bajas con edificios de la expansión de la capital en los años 50 y chalets de lujo-, donde recibe a Efe en un salón que baña el sol de mediodía.

Es uno de los 300 pisos del programa pionero “Vivienda Primero” (“Housing First” en inglés) que, bajo la denominación de “Habitat”, la Asociación “Hogar Sí” puso en marcha en 2014 y que cuenta con la financiación del Ministerio de Sanidad y de ayuntamientos como el de Madrid, Barcelona o Málaga.

La iniciativa rompe con el “tradicional método en escalera” que propone recursos de alojamiento cada vez mas estables y mejores, a medida que las personas se van comprometiendo con cambios o van haciendo procesos”, según explica a Efe José Manuel Caballol, coordinador de “Habitat” con motivo del Día Mundial Sinhogarismo, que se conmemora este jueves.

“Según la teoría, al final de esa escalera habría una vivienda autónoma, pero la realidad es que el sistema no funciona y muy pocos lo culminan”, explica Caballol, quien subraya que “hay gente en España que está hasta 25 años en procesos para personas sin recursos”.

Por eso, en los años 90 un psicólogo norteamericano propuso “dar la vuelta a la ecuación” y ofrecer a las personas que están en la calle y que tienen los mayores problemas una vivienda habitual “sin condiciones y con todos los apoyos necesarios”, recuerda el responsable de “Hogar Sí”.

En España el programa “Habitat” comenzó de forma experimental con 28 viviendas en Madrid (10), Barcelona (10) y Málaga (8) y ha experimentado un gran crecimiento porque, según Caballol, cuando mostraron los resultados de los primeros seis meses del proyecto a ayuntamientos y comunidades les “llovieron las ofertas”.

Subraya que el 95 % de los sin techo que aceptaron un piso continúa viviendo en él tres años después y niega que esta iniciativa tenga un coste superior a la de un albergue o alojamiento colectivo, que cifra en unos 50 euros al día, frente a los 33 euros que supone una “Vivienda Primero” si se dispone de un alojamiento de carácter público y los 55 cuando en el hay que alquilar un piso.

“Si una persona está en la calle y tiene que ir al médico, va a urgencias -que es la atención más cara- y además no se cura con lo que tendrá que volver, mientras que cuando está domiciliada, va a su ambulatorio y además se cura, con lo que no requiere tanta asistencia”, asegura.

Esto lo sabe bien Carmen, nacida en el barrio de Pan Bendito (Madrid), que recuerda que “antes no podía ir a ningún médico ni a ningún lado. Me ponía a llorar, rabiaba de dolores, pero no tenía ni tarjeta sanitaria ni carnet y ellos me lo han arreglado todo”.

Reconoce que cuando le ofrecieron el piso, tuvo “dudas” porque pensó que la querían “meter en una secta”, y sonríe al recordar lo “alucinada” que se quedó cuando recibió las llaves de la vivienda.

“No me lo podía creer. Era lo que había soñado toda la vida”, subraya y, muy emocionada, cuenta que lo primero que hizo en su nuevo domicilio fue meterse en la ducha: “Me encanta y me ducho tres veces diarias”.

Carmen, que convive con su pareja Carlos, a quien conoció en la calle y su perro Caín, relata “lo mal” que lo ha pasado viviendo a la intemperie desde los 12 años.

Sin saber leer ni escribir, abandonó su casa huyendo de un padre que, según su relato, la maltrataba, la ataba con cadenas, le cortaba el pelo y la mandaba a robar.

Cuenta que nadie de su familia se ha interesado por ella, que ha tratado de quitarse la vida en varias ocasiones y que se ha alojado en albergues, de los que reniega porque “allí no se puede vivir entre insultos y agresiones”.

Una narración que ratifica su pareja, que incide en que las mujeres sufren más la violencia en la calle y explica que “aunque lo normal sería que los sinhogar se apoyaran y ayudaran, esto no es así. Nos atacamos, nos robamos y nos pegamos. Es la ley de la selva”.

“Ahora vivo sin miedo y antes siempre estaba atemorizada porque me han pegado hasta por dos euros y me han maltratado”, rememora Carmen e insiste en la felicidad que siente en su piso “al abrir los ojos por la mañana y pensar en la compra, en cocinar y en hacer lo que cualquier mujer”.

Una vez a la semana, como mínimo, Carmen recibe la visita de un profesional del programa “Housing First”, dirigido a las personas sin hogar que están peor: llevan al menos tres años durmiendo en la calle y tienen problemas de salud mental o adicciones o una discapacidad grave.

Según las evaluaciones del programa, en solo 6 meses el 15 % de los ex sinhogar recupera la relación con su familia y el 25 % la hace más frecuente, así desciende hasta un 7 % el porcentaje como el porcentaje del 35 % que sufría amenazas e insultos.

Además, los resultados concluyen que se pasó de que un 17,9 % se sintiera constantemente discriminado a que solo lo estuviera un 3,6 % y la sensación de soledad disminuyó hasta el 11,1 % frente al casi 26 % inicial.

Olivia Alonso

EFE

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