Rodin-Giacometti», la conexión de los dos genios de la escultura, en Madrid

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Celia Sierra

Madrid 4 feb (EFE).- Separados por una generación, Auguste Rodin y Alberto Giacometti no se conocieron nunca. Aun así, sus trayectorias siguen un camino paralelo plagado de semejanzas en sus obras, su proceso creativo y su incesante búsqueda de un nuevo lenguaje que transmite las emociones y la fragilidad del ser humano.

«Rodin-Giacometti», que se inaugura el 6 de febrero hasta el 10 de mayo en la Fundación Mapfre en Madrid, está organizada por el Museo Rodin y la Fundación Giacometti, ambas en París.

La excepcional nómina de esculturas, reúne famosas obras como «El Hombre que camina», una réplica del «Monumento des Bourgeois de Calais», un representación de San Pedro de Rodin o «Figura de pie» de Giacometti.

«Son obras de sobra conocidas, pero no dejan de sorprender por su belleza», explica este martes la directora de la Fundación Mapfre, que tiene en esta exposición el plato fuerte de su programación 2020.

Aunque la relación entre ambos artistas es obvia -Giacometti es quien mira a Rodin a lo largo de toda su vida salvo por su estancia en París-, pocas veces ha sido investigada o puesta de relieve en una exposición, según reconoce la comisaria y directora de la Fundación Giacometti, Catherine Grenier.

Los dos genios entablan en esta exposición un diálogo póstumo con nueve secciones temáticas. Sobre la mesa; doscientas esculturas, fotografías y dibujos, en los que pese a estilos completamente propios. se observa un claro y preciso objetivo común: reflejar las emociones del ser humano, resume Catherine Chevillot, comisaria y directora del Museo Rodin de París.

Mientras Rodin se preocupa por expresar la complejidad de la existencia humana, Giacometti esculpe en sus obras la fragilidad del hombre y vierte en sus piezas el desencanto y existencialismo del periodo de entreguerras.

El ser humano y la vida serán la constante fuente de inspiración de ambos autores.

El visitante es recibido por el monumental «Monumento des Bourgeois de Calais», junto a él, varias fotos de la pieza original en Le Vésinet, el parque de Rudier -el fundidor de ambos-, y que Giacometti aparece posando como una estatua más. Según sus palabras se sentía como «en un museo magnifico de la escultura contemporánea».

En «Rodin-Giacometti» se puede entrever cómo ambos enarbolaron el accidente como parte de su estilo, alejándose de las formas pulidas y acabadas de la tradición escultórica; convirtieron la deformidad en seña de identidad y eran aficionados a la Antigüedad clásica, como se puede ver en esculturas egipcias y griegas de sus colecciones particulares.

La muestra se detiene en establecer la estrecha relación en el proceso creativo de ambos. Ambos trabajaban con series, la repetición de un motivo hasta el infinito.

«Una escultura no es un objeto, es una pregunta… no puede ser acabada ni perfecta», solía decir Giacometti. Probablemente, apuntan ambas comisarias, el responsable de esta coincidencia fue Antoine Bourdelle, discípulo de Rodin y maestro de Giacometti.

Como prueba, las series de la bailarina japonesa Hanako, de la que el escultor francés hizo hasta 58 esculturas, y las numerosas versiones de Giacometti del busto de su hermano Diego y la modelo Rita Gueyfier.

Pero si hay un apartado en el que refleja las semejanzas y también las diferentes épocas en que se inscriben las trayectorias de ambos es casi al final del recorrido, donde se encuentran las dos versiones de «El Hombre que camina» de Giacometti y de Rodin.

El primero es una figura frágil y desgastada, frente a la musculosa a la vez que trágica propuesta de Rodin. Ambas son una metáfora de la existencia humana, ambos «reflejan su búsqueda común de lo esencial», según Grenier.EFE

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