Diez años del 15M, siete años de Podemos

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Fuente: Twitter.

Madrid, 8 may (EFE)- A punto de cumplirse diez años de aquel 15 de mayo de 2011 en el que miles de “indignados” salieron a las calles y tomaron las plazas para expresar su hartazgo de la clase política y los poderes económicos, España no parece hoy la misma. Han cambiado muchas cosas, aunque aquella movilización no llegara a ser finalmente la revolución que muchos esperaban.

Fueron los jóvenes fundadores de Podemos quienes planearon hacer del 15M un espacio electoral con la potencia de la figura de Pablo Iglesias, ahora de retirada. Cogiendo el guante de quienes les invitaban a presentarse a las elecciones y al grito de “Sí se puede”, se reivindicaron como herederos de ese movimiento que cuestionó los cimientos de la democracia, marcó historia y traspasó fronteras.

¿Qué queda del 15M? ¿Qué era Podemos entonces? Algunos de los protagonistas de entonces y de ahora responden para Efe esas preguntas.

ÍÑIGO ERREJÓN (fundador de Podemos, líder de Más País y diputado)

El 15M supuso un verdadero terremoto en el sentido común español. A partir de ese día muchos de los sufrimientos, preocupaciones y frustraciones que se vivían en silencio o como problemas privados pasaron a convertirse en problemas políticos de primer orden. Y entre todos ellos se fraguó una relación -una cadena de equivalencias- que los unía entre sí. Todo eran cuestiones no solucionadas en el “país real”, de las que “el país oficial” no se ocupaba ni Nadie tenía mucha fe en que fuesen a ser solucionadas por el sistema político existente.

Se abría así una brecha entre “la gente” y “los que mandan”: “No queremos ser mercancía en manos de políticos y banqueros“, decía la convocatoria de la movilización inicial.

Una auténtica irrupción popular que puso patas arriba la política española, la esfera y la discusión pública, puso a la defensiva a las élites e hizo de las razones de los indignados las razones de una amplia mayoría social que quería refundar nuestro país. No se trató de una reagrupación de la izquierda y los convencidos, sino de un movimiento transversal y popular que conectó con los problemas de la vida cotidiana y una voluntad de regeneración nacional. Por eso tuvo tanta fuerza.

Aquella irrupción popular era tan amplía como diversa y heterogénea. Creó un clima político en España que permitió diferentes experiencias políticas y electorales (del primer Podemos a las experiencias municipalistas de 2015 o incluso la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE como un “outsider”).

Hoy, a una década, parece que atravesamos un clima contrario, de ofensiva cultural de los reaccionarios que no quieren radicalizar la democracia sino estrecharla.

Pero la brecha entre los temas del país oficial y los del país real se ha vuelto a agrandar, la vida cotidiana se ha vuelto a llenar de inseguridad e incertidumbre y las razones y deseos de los de abajo tienen de nuevo que encontrar la forma de abrirse camino.

Así avanza la democracia en la historia de los pueblos, con mareas que suben, que siempre bajan después, pero que siempre vuelven a subir. Lo importante son las conquistas en derechos que dejen las que suben, y las lecciones que dejen las que bajan.

TERESA RODRÍGUEZ (dirigente de Anticapitalistas y diputada del Parlamento de Andalucía)

Hubo dos tipos de personas entre las que acudimos aquel 15 de mayo de 2011 a la plaza elegida en la hora marcada. Quienes acudían convencidos de que aquello sería algo importante, grandioso, histórico, de que sería por fin la vía de expresión de una indignación asentada colectiva e individualmente tras tres años de crisis económica y social y de una consecuente crisis de representación política. Y quienes fuimos por curiosidad pensando que sería el típico evento en el que, la izquierda de siempre, nos veríamos las caras para protestar un rato y tomar unas cañas luego.

Yo estaba entre las segundas, entre las escépticas, entre las incrédulas. Para mí eso fue lo más relevante y novedoso del 15M, lejos de las viejas, y no por ello menos queridas, estructuras de organización partidaria y asociativa, el 15M fue anónimo y masivo y por ello mismo profundamente representativo de un estado de ánimo que nos aquejaba en lo más profundo de nuestro ser: la indignación.

Indignados por tener que sufrir las consecuencias de una crisis que no habíamos provocado, indignadas por elegir gobiernos que estaban al servicio de los bancos y el Ibex y no del pueblo que les había votado, indignados por una corrupción más pestilente que nunca cuando las mayorías sociales sufríamos recortes, despidos, precariedad y desahucios.

“No queremos ser mercancía en manos de políticos y banqueros“. “No nos representan”. “No hay pan pa tanto chorizo”. “Lo llaman democracia y no lo es”. “Nos habéis quitado demasiado, ahora lo queremos todo”. “Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir”… Radicalidad poética en cartones que eran pancartas de día y aislantes del frío suelo de la plaza de noche.

Y tres años después: Podemos. Convertir la indignación en cambio político. De las plazas a las urnas. Lo que pasó después depende de la experiencia vivida, demasiado dolorosa para algunas como para contarla tan pronto. Lo que pasó después ya ustedes lo conocen de sobra.

JUAN CARLOS MONEDERO (fundador de Podemos y profesor de Ciencia Política)

El 15M fue la explosión espontánea propia de España, un país católico, irreverente pero obediente. Una respuesta indignada ante unas élites políticas que habían colmado el vaso, como lo colmó Carlos IV en 1808 o la extrema derecha en 1977 o Aznar en 2003, que expresaban una honda insatisfacción pero ausencia de alternativas. El 15M fue una voz unánime que decía que el Parlamento ya no se parecía a España.

El 15M fue un movimiento que nació sin memoria, sin estructura, sin programa y sin liderazgo, y estos cuatro aspectos fueron la clave de su éxito porque actuó como un espacio vacío donde cada cual colgaba su demanda sin sentirse cuestionado. Pero tres años después, el movimiento prácticamente había desaparecido precisamente por no tener memoria, estructura, programa y liderazgos.

Pero su poso marca un antes y un después. El nacimiento de Podemos y el consiguiente fin del bipartidismo, las exigencias de mayor participación política, la censura a la monarquía, la ira frente a los bancos, el desprecio ante la corrupción, las críticas a los medios de comunicación, una nueva ola del feminismo, el impulso al ecologismo son todos elementos nacidos de ese grito compartido de indignación.

MIGUEL URBÁN (eurodiputado del Grupo de la Izquierda, dirigente de Anticapitalistas y fundador de Podemos)

El 15M, entre otras cuestiones, supuso una impugnación radical del régimen del 78, al grito de “democracia real ya”. Cuestionando los límites de la democracia formal pidiendo más democracia, intentando resolver la escisión entre lo realmente existente y lo que debería ser. Así como una deslegitimación de la “Casta“, entendida ésta como una representación sencilla y directa de los responsables económicos y políticos del saqueo, de la fusión entre los poderes públicos y privados y que nos remitía aquel lema que inició el 15M de “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”.

Podemos nace como un dispositivo para actuar como catalizador necesario para abrir este horizonte de ruptura que se expresó en el 15M, también en el campo institucional. Así la irrupción electoral de Podemos se convirtió en el síntoma más acabado del distanciamiento simbólico-cultural de la gente respecto de las élites. Un distanciamiento que apunta a un cierto divorcio de legitimidades entre el Régimen y el pueblo. Un síntoma que ya evidenció la enorme potencia del 15M.

Pero Podemos no era ni mucho menos el 15M, sino la expresión política del malestar que se mostró en las plazas. Esa era su potencia, y sus grandes enemigos eran la normalización, convertirse en un partido más, y la moderación. Y no hay nada que te normalice y te modere más que entrar a gobernar subordinado a la pata izquierda del régimen del 78.

SERGIO PASCUAL (exsecretario de Organización de Podemos y exdiputado de Podemos)

El 15M es el movimiento social que, para toda una generación, la generación de los dirigentes de Podemos, definió nuestra época. Nos marcó con la misma profundidad que la transición definió a la generación de Aznar o González, quienes construyeron lo que son hoy los dos grandes partidos del sistema político español. En aquel “PSOE-PP la misma X es” o el “no somos mercancías en manos de políticos y banqueros” del 15M están las semillas de nuestro “no somos ni de izquierdas o derechas” y el eje casta/pueblo que construimos en nuestros orígenes.

Aquel 15M además demostraba que lo imposible estaba al alcance de la mano. Un puñado de ciberactivistas movilizaron a millones de personas y lograron ocupar las plazas de todo el país con el apoyo mayoritario de la ciudadanía durante semanas. Sí se podía. En Podemos nos montamos sobre aquella ola, una ola que cabalgaba la misma juventud que llenó las plazas.

Pero al final no pudimos. No pudimos superar al PSOE aquel 20 de diciembre de 2015 y no supimos -o no quisimos- sacar a Rajoy de la Moncloa durante el primer semestre de 2016. Ahí acabó nuestro idilio con la generación del 15M y su forma de entender el mundo. A partir de aquel momento volvimos a ser la izquierda a la izquierda del PSOE.

Hace un par de años, en 2019, conversaba con unos jóvenes militantes de apenas 20 años y hablándoles del 15M me decían: “¿Qué es eso?, nos hablas del 15M como mi abuelo me habla de la transición”. Ese día no solo me sentí mayor, sentí que nos habíamos desconectado de la juventud y de la mayoría social. El futuro de Podemos pasa precisamente por ahí, por reconectar con ella como supimos conectar con la generación del 15M. EFE

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