Javier Albisu

Bruselas, 17 ene (EFE).- Aunque el coronavirus ha zarandeado con fuerza la inmensa mayoría de los sectores económicos y las costumbres sociales en estos diez meses de pandemia, en Bélgica hay un gremio que lo está pasando especialmente mal y que experimenta mutaciones extraordinarias: la peluquería.

Obligados a cerrar el 1 de noviembre, a los salones de peluquería, de tatuaje y otras profesiones “de contacto” no se les permitió abrir el 1 de diciembre como al resto de comercios no esenciales de Bélgica, superado el pico de contagios en uno de los países de Europa más golpeados por la Covid-19. Y al igual que cines, bares o restaurantes, siguen sin actividad.

Ante la falta de ayudas y con las restricciones ampliadas hasta marzo, cuatro meses de cese que se suman a otros dos en primavera, muchos peluqueros se han visto empujados a ejercer su oficio en la clandestinidad.

“La gente no tiene otra opción. Es sólo fraude o muerte. Es como si viviéramos en tiempos de la guerra en la que se escondía a los judíos, haciendo entrar en casa a peluqueros a escondidas”, relata a Efe Halima Bousiali, responsable del salón Instinc’tif de Bruselas, donde emplea a otras dos peluqueras.

Durante el primer confinamiento recibió 4.000 euros de ayuda pública con los que pagó el alquiler de su salón de 107 metros cuadrados. Tras la reapertura, en junio, el “pánico” a los contagios y la ausencia de bodas, fiestas y eventos sociales hacía que tuviera “uno o dos clientes por día”, explica.

Ahora recibe la prestación por desempleo que le corresponde como autónoma, mientras sigue pagando el alquiler de su salón de belleza y los gastos asociados.

“Dicen que van a darnos una ayuda pero yo aún no he recibido nada”, comenta la empresaria, que empatiza con sus colegas que ejercen en secreto para conseguir “200 o 300 euros para poder hacer la compra”.

“Todos los que conozco que hacen visitas a domicilio no ganan lo mismo que en el salón“, dice Bousiali sobre una actividad expuesta a redadas, a multas de 750 euros y la retirada de ayudas públicas. Todo por cortes de pelo secretos a cambio de sólo unos 25 euros, aunque no parece fácil cazar peluqueros clandestinos.

Para entrar a un domicilio hace falta consentimiento del residente o una orden de un juez. Y llegado el caso, la normativa vigente permite recibir a un invitado en casa al mes. Nadie rastrea esos contactos, con lo que si alguien es sorprendido en flagrante delito nada le impediría declarar que su único contacto cercano y legal es, casualmente, su peluquero.

No hay datos sobre cuántos ejercen en el mercado negro, pero una mirada alrededor permite intuir que es una práctica tan extendida entre los profesionales como tolerada por los clientes e ignorada por las autoridades.

El exministro de Autónomos, Pequeñas Empresas y Agricultura Denis Ducarme, liberal francófono y de 47 años, ha publicado en Instagram una fotografía que se ha viralizado, en la que aparece con el pelo engominado con una cresta punky y critica que se prohíba ejercer a los peluqueros “sin que la literatura científica lo justifique tangiblemente”.

“Conozco salones con terraza o jardín. Tenemos todo el tiempo las manos en el agua con jabón. Todo está desinfectado y llevamos mascarilla”, lamenta Bousiali, cuyo salón está cerca de un supermercado, una zapatería o una librería que sí están abiertos.

VIAJES Y APAÑOS

 Los expatriados que han viajado a sus países en Navidad han vuelto todos con una prueba PCR negativa y un nuevo corte de pelo. Y entre los que no han viajado pero no quieren llamar a un peluquero clandestino hay quienes renuncian a cuidarse la cabellera y los que buscan alternativas.

Una práctica habitual es recurrir a algún amigo o familiar con maña con las tijeras, aunque sólo sea para retocar las puntas, el flequillo o la barba, según cuentan distintos vecinos de Bruselas y corrobora el aumento de las búsquedas en internet sobre consejos y tutoriales de peluquería.

“Tuve suerte de cortarme el pelo una semana antes de los confinamientos. Ahora me lo dejaré largo, no me atrevo a cortármelo yo”, explica a Efe una profesional del sector de la energía con media melena recogida en una coleta.

Pero quienes tienen urgencia capilar en Bélgica, donde ninguna ciudad está a más de 80 kilómetros de una frontera, simplemente van en coche a cortarse el pelo a otro país.

“Tenemos un 20 o 25 % más de clientes que vienen de Bélgica. A nosotros nos dejan seguir trabajando”, explica a Efe Mathieu Burglé, responsable de la peluquería Tendance & Création de la localidad francesa de Mortagne-du-nord, a un kilómetro de la frontera.

Nadie hace nada ilegal, porque el Gobierno belga recomienda no viajar pero no lo prohíbe.

No obstante, los requisitos de acceso al país cada vez son más estrictos y el debate sobre un eventual cierre de la frontera está presente entre los virólogos y en los medios de Bélgica, donde los indicadores de Covid son notablemente mejores que los de los vecinos de Francia, Países Bajos, Alemania o Luxemburgo.

“Bélgica no necesita controles en las fronteras. Basta con mirar el pelo de la gente”, ironiza el periodista luxemburgués afincado en Bruselas Diego Velázquez en Twitter, donde las bromas sobre el estilismo capilar belga en tiempos de pandemia están pujado por adquirir estatus propio como género humorístico. EFE

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